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Cuando la autoridad abdica, el mercado gobierna

SERIE MEMORIA, AUTORIDAD Y FRAGMENTACIÓN III
El vacío nunca permanece vacío.


Por: Jose Rafael Moya Saavedra | Fuente: Catholic.net



El vacío nunca permanece vacío.

Cuando la familia deja de transmitir memoria,
cuando la Iglesia pierde capacidad formativa,
cuando la autoridad legítima se retrae o se desacredita,
otro actor ocupa el espacio.

Ese actor no es neutral.
Es el mercado.

El mercado no solo vende productos. Vende identidades. Vende aspiraciones. Vende pertenencia.

Un sábado en un centro comercial de Santa Fe, una adolescente recorre tiendas con sus amigas. No hablan de lo que les preocupa, hablan de "qué outfit pega con mi feed". La conversación no gira en torno a qué tipo de persona quieren ser, sino a qué tipo de imagen pueden sostener. La identidad se negocia más frente al espejo de la tienda que frente a los mayores de la familia.



En ausencia de una narrativa familiar sólida, el consumo ofrece una alternativa inmediata: “Eres lo que compras”. En ausencia de una autoridad moral clara, la publicidad se convierte en pedagogía silenciosa.

En una casa de Cuautitlán Izcalli, un joven de 17 años pasa más tiempo viendo a su influencer favorito que conversando con su padre. Aprende de finanzas personales, de "relaciones sanas", incluso de política, desde videos patrocinados por marcas. Cuando tiene una duda sobre su futuro, no se la pregunta a su familia; la escribe en la caja de comentarios.

Ya no se aprende a ser adulto observando a los mayores.
Se aprende imitando tendencias.

Ya no se heredan relatos.
Se adoptan marcas.

El mercado no tiene vocación formativa; tiene vocación de expansión. Su lógica es eficaz, pero no ética. No pregunta qué conviene al carácter; pregunta qué conviene a la demanda.



Cuando la autoridad abdica, el mercado define los valores funcionales: éxito medido en visibilidad, autoestima basada en aprobación digital, felicidad reducida a experiencia inmediata.

La familia formaba paciencia.
El mercado fomenta inmediatez.

La Iglesia hablaba de trascendencia.
El mercado ofrece gratificación instantánea.

La autoridad legítima enseñaba límite.
El consumo promete ilimitación.

En México esta dinámica se entrelaza con desigualdad y frustración social. Cuando las estructuras tradicionales se debilitan, la identidad consumista ofrece una ilusión de movilidad y pertenencia. No importa la historia; importa la imagen.

El problema no es el mercado en sí. El intercambio económico es necesario. El problema surge cuando sustituye a la familia y a la comunidad como principal transmisor de sentido.

Una sociedad donde el mercado forma más que los padres y más que las instituciones espirituales terminan evaluando todo en términos de utilidad y visibilidad.

Incluso el amor.
Incluso la fe.
Incluso la memoria.

La pregunta incómoda no es si consumimos.
Es quién nos está formando.

Si la autoridad legítima no recupera su función orientadora, el mercado seguirá llenando el vacío. Y lo hará con coherencia interna, pero sin profundidad humana.

La transmisión de memoria no es un lujo cultural. Es condición de estabilidad.

Sin memoria, la identidad se vuelve moda.
Sin autoridad, la moda se vuelve norma.

Y cuando la norma cambia cada temporada,
la sociedad ya no tiene rumbo.







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