Todos creemos lo que dicen otros
Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Nadie vive sin creer en otros. Todos, en unos temas o en otros, creemos a alguien.
Es una idea que expuso con agudeza uno de los primeros escritores cristianos, Arnobio, que vivió en la primera mitad del siglo IV. En su obra Adversus gentes responde a quienes se burlan de los creyentes en Cristo como si fueran personas crédulas.
Como observa Arnobio, todos los seres humanos creen y siguen lo que han escuchado o leído de otros, incluso sin tener evidencia sobre aquello que aceptan.
Arnobio preguntaba: “¿es que hay algún negocio en la vida, alguna actividad cuyos autores no la asuman, reciban, afronten sin una credulidad presupuesta? [...] ¿Y qué (diremos de) aquello que por conocimiento humano suponéis de las realidades, eso que transcribís vosotros mismos, lo que leéis con harta frecuencia, lo que habéis contemplado con detenida mirada, y lo que habéis manejado con vuestras manos? ¿Es que no hay entre vosotros cualquiera que crea a este autor o a ese? ¿Nadie que se haya persuadido que otro ha dicho algo de verdad o que se ampare en alguna certeza de fe?”
En ese texto se hace manifiesto que solemos aceptar continuamente lo que leemos (hoy añadiríamos, lo que escuchamos o vemos gracias a la radio, televisión, Internet y cualquier otra nueva tecnología) y que lo damos por verdadero.
Arnobio aplicaba esta idea a la diversidad de escuelas filosóficas: unos seguían a los estoicos, otros a Epicuro, otros a los escépticos, otros a Heráclito, otros a Platón, otros a Aristóteles, y una larga lista de ejemplos.
Estas son sus palabras: “El que dice que el origen de todo es el fuego o el agua, ¿no cree a Tales o a Heráclito? El que pone en los números la causa, ¿no está creyendo a Pitágoras de Samos y a Arquitas? El que divide el alma y constituye formas incorpóreas ¿no cree a Platón el socrático? El que añade un quinto elemento a las causas primeras, ¿no cree a Aristóteles, padre de los peripatéticos? El que amenaza con fuego al mundo [y dice que] cuando sea tiempo ha de arder, ¿no está creyendo a Panecio, Crisipo y Zenón? El que siempre se fabrica y destruye mundos con elementos individuales corporales, ¿no cree a Epicuro, a Demócrito, a Metrodoro?”
Incluso se puede decir, yendo más a fondo, que los fundadores de las diferentes escuelas muchas veces no tenían evidencia sobre sus enseñanzas, sino que también estaban movidos por cierta fe o creencia humana. Así lo subrayaba Arnobio:
“Y finalmente, los mismos príncipes y padres de las antedichas escuelas, ¿es que no dicen eso mismo que dicen, [como] creencias de sus reflexiones? ¿Acaso vio Heráclito que las cosas llegaban a ser por las conversiones del fuego? ¿O Tales por las concreciones de las aguas? ¿[Es que] Pitágoras [las vio] salir de un número? ¿O [vio] Demócrito [que se formaban] por las agrupaciones de partículas individuales?”
A partir de estos análisis, que valen perfectamente ante los millones de textos que giran por las redes sociales, citados por unos y reenviados por otros, queda patente la inmensa credulidad humana. Así lo remata nuestro Autor:
“Cuando, por tanto, nada tenéis de conocido y cierto, todo eso que escribís y encerráis en miles de libros, lo afirmáis por la credulidad que os guía. ¿Y qué juicio tan injusto es este, que os burláis de nuestra certeza, la cual vosotros os dais cuenta de que tenéis en común con nuestra credulidad? ¿Pero os creéis más sabios que los hombres instruidos en todos los géneros de las disciplinas?” (Arnobio, Adversus gentes, libro II, nn. 8-10; PL 5, 822-825).
Podemos añadir que muchas cosas que creemos “funcionan” y son verdaderas. Al creer al médico que nos aconseja tomar una medicina cuya composición no comprendemos, suponemos que es honesto, que desea curarnos, y que esa medicina nos hará bien.
Lo dicho par la medicina vale cuando encendemos la televisión, cuando consultamos las últimas noticias, cuando vemos las previsiones del tiempo, y cuando leemos un libro de historia que suponemos escrito con seriedad.
El mundo está lleno de credulidades, de hombres y mujeres que caminan todos los días desde una fe humana que, gracias a Dios, funciona muchas veces, aunque también puede llevarnos a convicciones erróneas o a engaños de los que luego nos arrepentimos.
Todos creemos a alguien, incluso a los algoritmos de la así llamada (incorrectamente) inteligencia artificial. Lo importante es tener el suficiente espíritu crítico para darnos cuenta de que no todo lo que creemos es verdad.
Al mismo tiempo, necesitamos reconocer que existen asuntos que no creemos y que, tal vez, de ser aceptados, nos abrirían un horizonte de conocimientos válidos que anhelamos en lo más íntimo de nuestras almas.

















