Paz del pensamiento, paz con los demás
Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

Cuentan que durante muchos años el Buda se dedicó a recorrer aldeas, pueblos y ciudades impartiendo la Enseñanza, siempre con compasión. Y en todos lugares había, junto a buena gente, otros que con su ignorancia se encaraban al maestro y le insultaban duramente. Buda jamás perdía la sonrisa y mantenía una calma imperturbable. Y un día le preguntaron los discípulos:
-“Señor, ¿cómo puedes mantenerte tan sereno ante los insultos?” Y Buda contestó:
- “Ellos me insultan, ciertamente, pero yo no recojo el insulto. Contestadme, si alguien viene y os da un regalo pero vosotros no lo queréis, ¿de quién es el regalo?”
- “Pues de quien nos lo da ha dado, maestro, pues no lo hemos cogido”.
- “Así mismo, esos insultos son para mí como un regalo que no quiero recoger. Simplemente los dejo en los mismos labios de donde salen”.
Si pienso así, ¿quién puede quitarme la paz? Solamente aquella persona a la que le doy poder de hacerlo. Si un evento pasado, o las palabras o actitudes de otros con respecto a mí, no son útiles para mi crecimiento, simplemente ignoro estas cosas; en su caso, he aprovechado las experiencias para mejorar, pero no me revuelvo en esos recuerdos o actitudes de otros. Y entonces, es posible no perder la calma, sin que que las palabras de los hombres alteren nuestra quietud.
La paz en el exterior será consecuencia de transparentar esa actitud: en nuestras relaciones con los demás, y nuestra aportación a la paz de nuestra sociedad, y del mundo. Vivir la fraternidad y la armonía entre los seres humanos son los ideales de paz que más se oye hablar, en contraposición al desastre, la guerra y a todo género de conflictos. Pero esa paz no viene desde fuera, sino desde dentro. Y mucho menos depende de las leyes o de los políticos a nivel nacional o internacional, o los funcionarios de los respectivos organismos. Son cosas que ayudan, pero la clave de esa paz entre naciones o en las familias estará en la paz interior de las personas implicadas: si tienen paz, evitarán el conflicto.
Esto es difícil, porque a nivel social no podemos convivir solamente con personas afines: esto significa la aparición de dificultades entre los seres humanos, de hecho solemos decir que unas personas son pacíficas y otras conflictivas que solo hablan de problemas como si todo el mundo estuviera en su contra: cuando acaban con un problema comienzan con otro, por ejemplo si han resuelto un conflicto de pareja pasan a tener un problema con un hijo, o bien con el municipio o con sus opiniones sobre el gobierno del país.
Como dice Jesús, no es lo de fuera lo que nos daña sino lo que sale del corazón del hombre; si una persona está en paz en su interior, trata de modo equilibrado las incidencias de la vida familiar y social sin perderla con preocupaciones: serán ocupaciones que nos mueven a un servicio a los demás, a un amor en acto, pero desde esa paz.
Con las personas conflictivas quizá no será posible llegar a un acuerdo, porque están llenas de miedo y su agresividad y todo eso les impide pensar bien. Aquella frase de que “un mal acuerdo es mejor que un buen pleito” no la captan, y prefieren gastar dinero en procesos judiciales.
Las personas sin paz buscan un doble sentido a las cosas, las ven en negativo sin advertir la parte positiva; se sienten aludidos y agredidos con frecuencia sin motivo muchas veces; buscan salirse con la suya sin pensar en lo que conviene a los demás porque no pueden ponerse en la piel de los demás. En el trabajo, suelen crear dificultades siendo ellos parte del problema y no de la solución. Discuten con facilidad.
Y sobre todo ignoran algo vital, y es que la armonía y paz interior están ligados al espíritu de servicio hacia los demás. La paz es el fruto de la escucha activa, de la empatía y compasión, la ternura que es de lo que más necesitado está el mundo.
















