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Esta es la clave, vivir unidos a Cristo crucificados con Él
Reflexión del domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,38-39).

Así como el pasado domingo el Señor hacía una llamada a la fidelidad en medio de este mundo y a no tener miedo ya que Él no nos abandona en la misión y en la persecución, en este domingo el Señor nos hace una invitación a participar de su misión redentora con un corazón generoso y agradecido. Como dirá San Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nosotros amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4,10-11). El Señor nos ama y desea ser UNO CON CADA UNO DE NOSOTROS: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,31-32). Y el Señor quiere desposarse con nosotros en la cruz. Nos quiere sólo para Él. Así, dirá en el pasaje del Evangelio de hoy: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Y nos promete el Señor gozar eternamente de la dulzura y ternura de su amor en el cielo, aunque experimentemos ya aquí unas primicias. Pero no nos engaña el Señor. El Señor nos expone las exigencias de su amor, pero se pone Él primero como el cumplidor de esas exigencias, y con Él, si lo queremos, nos concederá vivir eternamente con Él: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Por tanto, el Señor nos hace una llamada a la conversión, a entregarle nuestras vidas sin reservas; a amarle, mirándolo sólo a Él: «Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestra tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12,1-2). O como dirá en otra epístola San Pablo: «Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3-8). Porque en la Cruz sólo cabe Cristo para ir con Él al Cielo. Por ello, el Señor sigue seduciéndonos, amándonos, invitándonos a vivir crucificado con Él, no sólo por nosotros, sino por esta generación, que aunque adormecida, en el fondo busca la verdad y el verdadero amor. Por ello nos invita el Señor a dejar de lado todo aquello que no le agrada, todo aquello que nos separa de Él: «Por tanto, amados míos, huid de la idolatría» (1 Co 10,14).

Así, dirá el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,23-24); «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Porque el Señor no quiere SER UNO CON CADA UNO DE NOSOTROS sólo en función nuestra, sino para que demos testimonio de su amor a esta generación en nuestra vida concreta.

Así, mientras rezo con esta Palabra resuenan en mi corazón las palabras de San Pablo: «En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19-20).



Esta es la clave, vivir unidos a Cristo crucificados con Él, sabiendo que es un combate: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Por ello es importante profundizar en la intimidad con el Señor a través de la oración, de la escucha de su Palabra, de los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

De esta forma, tal y como dice San Pablo, uniéndonos a Cristo crucificado en la Cruz que Él nos dé cada día, muriendo a uno mismo unidos a Él, amándole a Él, el mundo recibe la vida., y así nos unimos a Cristo Redentor uniendo nuestra cruz a la suya: «Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida» (Ef 5,10-11). Feliz domingo.







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