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Ante Cristo
Cristo mantiene hoy, como hace dos mil años, su llamada a la conversión.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Son diferentes las actitudes de las personas y de los pueblos cuando ponen ante sí la figura de Jesús de Nazaret.

Unos simplemente lo tratan como un dato del pasado, con un papel importante, comparable con el de otros personajes más o menos influyentes.

Otros llegan a una actitud hostil ante su programa, sus “resultados”, sus seguidores, su “fracaso”. Sobre todo, condenan su pretensión de haberse considerado como Dios.

Otros sienten algo de curiosidad, como ante alguien que suscita interés por lo sorprendente de su historia y de los hechos de algunos de sus seguidores más destacados (llamados “santos”).

Otros llegan a preguntarse si su mensaje sería válido, si su Cruz tendría sentido, si la Resurrección habría ocurrido y, por lo tanto, transformaría el mundo.



Ante la multitud de actitudes del pasado y del presente, los cristianos dirigen su mirada a Jesús, Cristo, Hijo del Padre e Hijo de María, desde una convicción profunda: es el Salvador del mundo y está vivo.

Esa convicción choca contra el relativismo de algunos, contra la ambición de otros, contra el deseo de placer de quienes desean disfrutar de modo egoísta la vida presente, contra el odio de quienes prefieren las sombras.

Pero Cristo mantiene hoy, como hace dos mil años, su llamada a la conversión, su ofrecimiento de una misericordia que salva, su promesa de una vida que vence el drama de la muerte.

Ante Cristo, hoy algunos pasarán con prisas. Otros seguirán sumergidos en sus chats y sus músicas. Otros harán un gesto de indiferencia y hostilidad. Otros lo reducirán a una tradición superada por la historia.

Pero muchos hoy, como millones de seres humanos a lo largo de 20 siglos de historia, dirán, desde lo más íntimo de su corazón, palabras posibles solo con la ayuda de la gracia: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). “Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68 69).









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