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Ni los ciegos y ni el elefante
La Verdad es una gracia que tiene un Rostro: Cristo.


Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net



Una de las grandes tareas que el Concilio Vaticano II dejó en el documento Nostra Aetate fue: el diálogo entre las diferentes religiones. Como en cualquier diálogo si no hay respeto y verdad, éste se desvanece. El respeto se traduce en tolerancia. La verdad o es o no es. Y basta. El cauce del diálogo es la verdad. Porque el deseo del hombre es la verdad. Pero, ¿Cuál verdad?

Ratzinger en su libro Fe, Verdad y Tolerancia presenta la anécdota de los ciegos y el elefante. En una tribu de ciegos el rey manda traer a un elefante. Congregando a los ciegos, les pide que toquen el elefante y descifren qué están palpando. El rey se divierte viendo a los ciegos. Luego, les pregunta qué han tocado. El que tocó la cola dice haber tocado una manguera. El que tocó la pata afirma haber tocado un poste. El que tocó la oreja, una cortina. El que tocó la panza, una gran canasta. El rey se divierte ante estas respuestas y los ciegos vuelven a casa, cada uno con su parte de verdad. Sin embargo, no con la verdad completa debido a su ceguera.

La esencia de la analogía- aplicada a las relaciones y al diálogo que la Iglesia Católica entabla con otras religiones- no está en que los ciegos son los hombres de nuestro tiempo y ni en que el elefante es la respuesta verdadera con su totalidad a la percepción y al deseo de verdad del hombre. Los ciegos carecen de vista y el elefante nunca podría verse sin que la luz lo iluminara. El punto central de la anécdota es: tanto los ciegos como el elefante no culminan en una verdad objetiva si falta la luz.

El hombre busca a Dios por medio de tantas religiones. Puede ser que esté tocando partes de la verdad. Pero lo hace porque es ciego y sin la luz- aunque viera- seguiría tocando partes del elefante. Seguiría tocando partes de la verdad sin reconocer la verdad completa. A su vez la verdad del elefante en su conjunto se da gracias a la luz. El ojo no vería el elefante si la luz del día no cayera sobre él. Por tanto, la verdad no es la capacidad de ver porque al final es limitada. Aquellos hombres eran ciegos y su juicio no era totalmente verdadero. La verdad completa no es lo que vemos y se nos da de modo tangible porque también es limitada. El elefante sin la luz no puede proponerse como verdad total a la inteligencia de los hombres.

Ni los ciegos ni el elefante. La verdad completa no son nuestras percepciones parciales y ni es la imposición de una religión. La verdad completa es la Luz. La verdad completa es una Persona. La única en la historia que dijo ser Ella misma la Luz del mundo: Jesucristo. El resplandor de su verdad a lo largo de la historia no depende de nuestra percepción subjetiva o de la imposición religiosa como proselitismo. La verdad completa que anhela el corazón humano es Cristo, Luz del mundo. Sin Él los hombres siguen tocando pedazos de verdad. Sin Él, aunque tengan capacidad de ver, seguirán en las sombras, pensando que sus verdades es la verdad total. Por ello, el cristianismo dentro del diálogo respetuoso con otras religiones no tiene la pretensión de ofrecer opiniones parciales de verdad. Tampoco se presenta de forma imponente y tajante. La Verdad es o no es. Y la Verdad en el cristianismo es Alguien: Cristo, Luz del Mundo.



Ahora, ¿cómo se descubre la Verdad de Cristo? San Pablo VI solía mencionar una experiencia de Berdyaef, gran pensador ruso. Cierta vez Berdyaef visitaba un monasterio y lo que más le había encantado era el claustro con sus jardines y su silencio. Alrededor del claustro estaban las celdas de los monjes y sobre el dintel de cada puerta había la imagen de un santo. Resulta que llegó la noche y Berdyaef decidió pasar aquella noche en el monasterio. Curiosamente no pegó ojo de la emoción de estar durmiendo en un lugar tan hermoso y tan santo. Se salió de su celda y empezó a caminar por el jardín del claustro contemplando la bóveda del cielo adornada de estrellas. Después de un tiempo le pegó el sueño y quería volver a su celda. Sin embargo, no recordaba cuál era su celda, ni qué santo estaba sobre el dintel de su puerta. Además, había tanta oscuridad y no tenía a disposición linterna alguna. Durmió en el claustro, carente de la luz que tanto necesitaba para encontrar la verdadera puerta de su celda. Encontraría su celda una vez que el sol se levantase por la mañana sobre el cielo ruso.

Berdyaef es el hombre de todos los tiempos y lugares. Mientras la Luz no le venga al encuentro y sienta la necesidad de la Luz para encontrar la Verdad seguirá durmiendo en la oscuridad del claustro del mundo, admirado con verdades parciales, pero en espera de la gracia de poder ver la Verdad por medio de la única Luz, que en el cristianismo es Mediadora entre Dios y el hombre y tiene un nombre: Jesucristo. ¿Cómo encontrar la Verdad? No hay otro camino que esperar a que un día la Luz de Cristo abrace realmente la búsqueda honesta por parte del hombre que cree y espera en Dios. Y que el hombre acoja la Luz objetiva de lo que busca.

Al final sabremos que la verdad no es ni el elefante ni lo que digamos limitados por nuestra ceguera. En el diálogo religioso no tiene fundamento alguno el relativismo de la verdad y ni la imposición forzada de la propia creencia. La Verdad es una gracia que tiene un Rostro: Cristo. Luz que nos permitirá encontrar la verdadera celda en el claustro de este mundo. Y cuando lo veamos entenderemos profundamente lo que escribió Paúl Claudel: ¡los ojos de los hombres reciben la luz, pero los tuyos, Señor, la dan!







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