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Vayan

Domingo de la Ascensión. Comentario a la Liturgia
Este domingo celebramos la gran solemnidad de la ascensión del Señor al cielo


Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net



Hoy estamos de fiesta. Este domingo celebramos la gran solemnidad de la ascensión del Señor al cielo. Es el momento en el que finalmente se cumple lo que anunciaba ya el salmista cuando decía: «Entre voces de júbilo Dios asciende a su trono». Jesús, hijo de Dios y verdadero Dios, hoy asciende a su trono para sentarse a la derecha de Dios y reinar. Él es el Mesías prometido, el descendiente de David, el rey de los judíos, que cumple las promesas del AT. Por eso hoy es un día de júbilo y de fiesta.

Pero nos podemos preguntar: ¿Dónde está ese Reino prometido por el Padre que se cumplió en Jesús? ¿Dónde está su realeza? ¿Dónde está su dominio sobre el mal? Vemos nuestro mundo rodeado de reyes, gobernantes y reinos y no vemos instaurado el reino de Dios. ¿Cuándo se instaurará el Reino de Dios en el mundo?

Es difícil responder a esta pregunta, pero si se puede arrojar luz para comprender este tiempo de espera de la segunda venida de Jesús. El Evangelio de hoy coloca un último discurso de Jesús antes de ascender al cielo. Él les afirma a los discípulos que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Con esto está dejando claro que su poder es real y que su poder no sólo actúa o actuará en la eternidad, sino que ya actúa en la tierra. Y el texto continúa con un mandato: «vayan». Este mandato nos ayuda a ver que Jesús resucitado y rey de la gloria actúa en el mundo por la presencia de los bautizados.

Y entonces la pregunta ya no se debe hacer a Jesús. La pregunta no es: ¿Por qué Señor no reinas? Sino que la pregunta es: ¿por qué nosotros, los bautizados, no hemos dejado que el Reino de Dios se manifieste al mundo a través de nosotros? El Reino de Dios se instaura en el mundo cuando se instaura en el corazón de cada uno de nosotros.

Las enseñanzas de Jesús sobre el Reino fueron claras. El Reino es algo pequeño, sencillo, casi invisible, llamado a ser algo grande: la semilla de mostaza, la levadura, la semilla que cae en tierra buena. Los cristianos tenemos que aceptar que el Reino se hará presente si, desde la pequeñez de nuestra vida, sabemos vivir según el mensaje y las enseñanzas de Jesús. Tenemos que renunciar a ese reino humano que hace ruido, que sobre sale, que se da a conocer, que se promociona a sí mismo y que presume.



Estamos llamados a instaurar un Reino que se construye con los más sencillos detalles del día a día. Con el amor de los esposos, con la paciencia con los hijos, compartiendo con los vecinos y dando parte de lo que tenemos a los más necesitados. Cuando permitimos que Dios reine en nuestro corazón entonces no seremos indiferentes a los demás.

Y, lo más importante, es que el Reino no se instaura por nuestras propias fuerzas. El Reino en el fondo es Cristo. Es por eso que nos tenemos que tomar en serio esa promesa de Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Sólo si dejamos que Jesús, esté con nosotros, es decir, si dejamos que Jesús se instaure como rey de nuestro interior, solo así haremos presente el Reino.

Y este misterio, esta presencia de Jesús en el mundo después de la ascensión se realiza con el don del Espíritu Santo. En la narración de la ascensión que hace Lucas en Hechos de los Apóstoles se nos dice que Jesús les recuerda que pronto serán bautizados con el Espíritu Santo. Se refería a Pentecostés. Nosotros también tenemos que ser bautizados con el Espíritu Santo para que el Reino se instaure en nuestro corazón. Él es el que nos da la fuerza. Por eso preparémonos, ya desde ahora, para recibir a este Espíritu y así dejar que Jesús reine en este mundo.

Pidamos este don a Dios a través de una oración: «Padre bueno, hoy vemos a Cristo que asciende al cielo para sentarse en el trono y reinar. Pero hemos comprendido Señor que Él reina en este mundo a través de los bautizados. Te pedimos que envíes tu espíritu a nuestro corazón para que Cristo reine en nosotros y reinando en nosotros reine en el mundo entero. Amén.»









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