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Carta a mis papás
Gracias, gracias, eternamente gracias, mamá y papá.


Por: María Teresa González Maciel | Fuente: Catholic.net



Antes que nada, quiero agradecer a Dios el gran regalo de tenerlos como papás.

Mamá tus detalles de amor y ternura han quedado plasmados en mi corazón, tus desvelos y sacrificios, tu delicadeza al preparar la comida, tus detalles cotidianos.

La manera de impulsar a tus hijos para lograr sus metas, tu ejemplo y enseñanzas, las cosas de cada día, tu entrega en todo momento.

Cuando pienso en ti, me imagino ser un ave en vuelo.

¿Por qué un ave en vuelo?



Tengo varias razones, una de ellas es que esta ave representa el anhelo de cielo. Este deseo lo aprendí de ti viendo tu fe y tu amor a Dios y a la Santísima Virgen.

La segunda razón, es tu deseo de ser mejor, de anhelar y buscar lo que nutre el espíritu, lo que te une más a tu Creador y a nuestra Madre del Cielo; esto lo he visto en ti.

Tú como madre de 11 hijos, te has dado tiempo para alimentarte de Dios, y transmitir tu fe no solo a tus hijos sino catequizando niños y adultos. También para seguir estudiando tu fe y ser portadora de la luz para muchas personas.

Fuiste una hija amorosa, eres una esposa siempre cercana y tierna, presente en cada uno de tus hijos, endulzando, dando calor y secando lágrimas. Con un corazón abierto a los demás, capaz de consolar a muchos enfermos y personas que sufren.

Mamá la palabra más dulce, eres abrazo cálido que reconforta el alma, eres fuerza que alienta a levantar el vuelo, eres huella firme que marca el camino vivido con entrega, pasión, sencillez, generosidad, alegría, sacrificio y amor.



Motivas al vuelo, a mirar el cielo, sin dejar de luchar como una guerrera, con gran valentía y los pies en el suelo.

Pero esa ave tiene dos alas para poder volar y una se ha fortalecido con la presencia de mi papá.

Tu presencia papá es imprescindible en este vuelo.

Gracias a Dios tú y mi mamá son almas gemelas en el anhelo de amor a Jesús y a María. Basta ver sus ojos para tocar a Dios.

Tengo la gracia de beber también de ti la fe, he visto siempre en ti al soldado fiel de la Santísima Virgen.

Tú me has enseñado cómo se cuadra un soldado ante su Madre del Cielo, rezando las letanías siempre de pie, hasta que te permitieron tus fuerzas.

También a conocer el Evangelio hecho vida en tu persona antes de poder leerlo. Generosidad, justicia, temor de Dios, lealtad, amor, misericordia.

“Si no os hacéis como niños no podréis entrar al cielo”, y ese niño sigue vivo en ti, en tu mirada lo veo.

Eres el hombre justo y prudente, que ve con bondad a todos sus hermanos. Gracias por tu sencillez, por tu alma transparente. Gracias por ser fuerza y protección en mi vida.

Los amo con toda mi alma, y en este momento quiero ser ave para volar a sus brazos y llenarlos de besos.

Gracias, gracias, eternamente gracias, mamá y papá.







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