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Santo Tomás de Aquino entre las llamas
La analogía es sólo una de las tantas entre arte y fe.


Por: Celso Júlio da Silva LC | Fuente: Catholic.net



Entre tantos tomistas que hay en el mundo ninguno se enteró que Santo Tomás de Aquino estuvo entre llamas. Es más, ni se dieron cuenta de que la Suma de Teología ardía tras un incidente. Cuando el mundo lloraba la techumbre de la catedral de Nuestra Señora de París, los que entendemos de arte y fe católica sabíamos qué significaba aquel desastre. Y si parece un absurdo comparar un libro con una catedral, pues quizás Gaudí estuvo totalmente fuera de sus cabales cuando se arriesgó a levantar una catedral imitando el libro de la naturaleza. Muchas veces lo que es real va más allá de lo que se ve. ¿Aún es posible pensar lo inconcebible?

El hombre medieval levantó un piropo glorioso a la Virgen María en la ciudad de París hace algunos siglos. Una catedral con un valor catequético, espiritual, teológico, más allá de la técnica gótica de construcción. Altura y luminosidad son características básicas del gótico en contraste con el estilo románico achatado y gordinflón, que más parece un soldado macizo custodiando la puerta de un castillo. Nuestra Señora de París es de las pocas catedrales góticas que no tiene agujas en las torres. Se quedó incompleta y la culpa la echan a los jacobinos. Historia aparte. La catedral que ardía en llamas fue escenario de las grandes obras de Víctor Hugo. Y ni se diga que a su tiempo fue cuna de conversión de Paúl Claudel. Y si vamos a la urdimbre de su valor cristiano basta con decir que Santo Tomás de Aquino en sus estancias parisinas presenció cómo poco a poco se levantaba aquella gloriosa catedral.

Si glorioso, luminoso y altísimo debía ser aquel recinto sagrado, Santo Tomás también anheló que la fe cristiana en su profunda racionalidad fuese del mismo modo. Y así levantó también él una catedral, que curiosamente no pudo concluir, así como la de Nuestra Señora de París no se concluyó. Su catedral es la Suma de Teología. Libro de cabecera de santos, obispos, sacerdotes, doctores y estudiantes de ciencias sagradas. Sostén de la fe en las borrascas de pensamiento y de ataques contra la verdad del cristianismo y del hombre. Sustancialmente se compone de tres partes: la primera se dedica al misterio de Dios Uno y Trino y cómo las creaturas salen de Él. La segunda se divide en dos partes: la primera parte toca temas de moral fundamental- los actos humanos, definiciones generales de virtud, vicio, pecado, gracia. La segunda parte desarrolla temas de moral especial, más específicos. Y la tercera y última parte el santo se ocupa de Cristo como camino único para que las creaturas lleguen al Padre, además de mariología, escatología, etc. ¡Formidable catedral! Ahora conectemos lo inconcebible.

La primera parte de la Suma representa la altura de Nuestra Señora de París. Esfuerzo del hombre que con la razón natural es capaz de Dios, de comprender algo- no todo- de su gloria. Así como las torres de la catedral gótica, cosquillando el cielo parisino, reflejan el esfuerzo inteligente del arquitecto de elevarse al Creador. A la vez las altas catedrales con paredes elevadísimas permitieron el desarrollo de amplias vidrieras para que entrase la luz en el interior del recinto. Esta primera parte de la Suma es también gracia, porque es Dios que se revela al hombre, que sale al encuentro de su deseo, como la luz baja hasta los rincones más oscuros de la catedral. La luz de Dios que se revela en Cristo baja hasta nuestra humanidad, hasta nuestras sombras, para alumbrar nuestro interior.

La segunda parte de la Suma que se bifurca en el campo moral representa el camino por el que el hombre llega a Dios, es decir, viviendo una vida recta, santa. Del mismo modo Nuestra Señora de París es un catecismo abierto al hombre de todas las épocas. Fue en el medioevo una predicación elocuente por sí misma al pueblo campesino y analfabeta. Hoy es una predicación silenciosa al hombre moderno que todo lo sabe, pero ni todo lo capta en profundidad. Imágenes de santos y demonios en los relieves y hornacinas, cuadros, retablos y vidrieras que traslucen las virtudes teologales y cardinales. Todo invita a la santidad. Y, sobre todo, recuerda que la vida del hombre es una lucha entre el bien y el mal. Es más, entre muchos bienes y el Bien Verdadero.



El rosetón del brazo norte de la catedral es vivo ejemplo de una catequesis de las virtudes. Y lo es no porque lo vemos nosotros, sino porque la luz que desciende de lo alto, pasa por la vidriera y nos permite ver el mensaje que descansa sobre ella. Sólo en Cristo y por Cristo, Luz del Padre, el hombre es capaz de ver con los ojos del alma la vida moral como una iniciativa de Dios para que lleguemos a la santidad. Las horrendas gárgolas están- la mayoría fuera del edificio- mirando a la ciudad y a la gente que pasa distraída por la calle. Representan el mal, el demonio, la tentación. No están dentro del templo, sino fuera, lejos de la presencia de Dios. Pero allí, intimidando al hombre que vive distraído, le recuerda que el mal existe y que el que no está con Dios está con el diablo. Es una lucha tanto dentro del armazón catequético de la catedral de piedra como de la catedral intelectual del Aquinate. Lucha que requiere una victoria. Ésta se consigue solamente si Dios en Cristo es el punto de referencia de esta pugna espiritual y humana. Y por eso la lógica tanto de la catedral como de la Suma pide una resolución, la tercera parte.

La tercera parte de la Suma entraña un aspecto salvífico dentro de la realidad de Cristo Encarnado. Del mismo modo todos los elementos y la disposición de la catedral descansan sobre una forma exacta, perfecta y central: la cruz. Santo Tomás desarrollando las partes precedentes quiere llegar a esa victoriosa y hermosa conclusión que es Cristo Crucificado. Por eso, la tercera parte de la Suma es cristológica y soteriológica. Se ocupa de la Persona de Cristo y de su misión redentora. Por eso, la congruencia armónica y objetiva entre un libro y una catedral es gracias a la forma de la cruz. La cruz que es la meta del esfuerzo arquitectónico del hombre que cree y desea alcanzar a Dios y del que piensa la fe con amor y seriedad intelectual como Santo Tomás.

Tanto el que construye como el que escribe levanta una catedral. Dentro de los cánones clásicos de la belleza podemos decir que en ambos prevalecen la claridad, la proporción y la integridad. Y como en un abrazo se funden la belleza y la fe, la armonía y la razón, el hombre y Dios. Sin la cruz ni el Doctor Angelicus hubiera empezado su tratado ni el medioevo hubiera alzado una Suma Teológica en piedra. Al fin y al cabo lo inconcebible del artista y del santo es la cruz que desde un inicio fue locura y estupidez para los que no creen, pero salvación para los que creemos y amamos la Belleza que es Cristo.

Muchos se han asustado con el título porque pocos imaginamos lo inconcebible. Cuando éste no es más que la realidad que se presenta. Ahora sí entendemos porque Santo Tomás de Aquino estuvo entre llamas. La analogía es sólo una de las tantas entre arte y fe. Para el hombre que no aprecia la multipolaridad del saber- tesoro del medioevo- esto es una idea descabellada. Pero como decía Thomas Eliot: “el que toma el sentido contrario siempre será considerado uno que se escapa”. Tomar el sentido contrario es ver el otro lado de la misma moneda. Significa ver la catedral de París en llamas y reconocer que entre sus llamas está la gloria de la Suma y el esplendor de Santo Tomás. Percibir esto no es tan difícil. Lo difícil es reconocer que muchas veces no vemos las cosas como son, sino que vemos las cosas como somos.









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