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A propósito de la devoción a la Divina Misericordia (I)
La Fiesta fue instituida por indicación del papa San Juan Pablo II.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



El próximo 23 de mayo se cumplirán, D. m., veinte años del Decreto de la Congregación del Culto Divino por el cual, quedaba oficialmente incorporada a la Liturgia de la Iglesia la Fiesta de la Divina Misericordia en el II Domingo de  Pascua. La Fiesta fue instituida por indicación del papa San Juan Pablo II y responde a la petición hecha por el Señor en una serie de revelaciones privadas a Santa Faustina Kowalska, monja polaca canonizada en el 2000, el mismo año en que se estableció la Fiesta. Según se dice en esas revelaciones, recogidas en el Diario de Santa Faustina, el Señor le habló hasta en siete ocasiones de que esta fiesta se celebraría en este II Domingo. Valga una sola muestra: “La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer domingo después de Pascua” (del punto 699 del Diario).

A propósito de la devoción a la Divina Misericordia quizá convenga comenzar diciendo que no es algo de nuevo cuño; al contrario, hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, ni más ni menos que en su segundo libro, el del Éxodo. Después de revelar su Nombre enigmático (Yahvé: Yo-soy) a Moisés, lo siguiente que Dios dice de sí mismo en la Escritura es esto: “El Señor pasó ante él [ante Moisés] proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia»” (Ex 34, 6). Desde ese momento, la misericordia divina aparece como una constante del ser de Dios que se va desplegando cada vez con mayor abundancia e intensidad hasta llegar a su cumbre con Jesucristo. A poco que uno conozca el Nuevo Testamento, sabe que la misericordia de Dios es un rasgo suyo (el mayor de los atributos divinos, dirá San Juan Pablo II) que está presente en todas sus páginas, especialmente en los Evangelios, y no solo está presente sino que las empapa. La Iglesia, por su parte, no ha dejado nunca de insistir en ella de diversos modos, tanto en la doctrina, como en el ejercicio de las obras de misericordia. Y el papa actual, Francisco, que no se cansa de repetir este mensaje de misericordia a tiempo y a destiempo, le dedicó además un Año Santo Extraordinario, el Año de la Misericordia, año jubilar que se extendió desde el 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016.

Quienes por edad guardamos memoria de cómo se ha ido extendiendo entre nosotros esta devoción (extendida, aún no afianzada), no podemos dejar de recordar una pregunta que hemos oído muchas veces: ¿A qué viene esto ahora?, ¿qué tiene de especial este mensaje de Santa Faustina, siendo algo tan antiguo como nuestra fe, conocido, repetido, archisabido? Más aún: Si ya tenemos la devoción al Corazón de Jesús, ¿para qué necesitamos esta de la misericordia que parece una variante de la primera? En ambas el corazón tiene un protagonismo destacado, las jaculatorias son iguales, las promesas parecidas. Por si quedara alguna duda de la estrechísima relación entre ambas devociones, véanse estas palabras de Jesús a la santa, tomadas del punto 1485 del Diario:  “(…) Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti me dejé clavar en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido...”.

Antes de responder a la pregunta que nos hemos hecho: “¿A qué viene esto ahora?”, hemos de dejar sentado un precedente más acerca de la espiritualidad del Sagrado Corazón.

El Santo Padre Pío XII, en la encíclica “Haurietis acquas” recoge una cita de su predecesor, Pío XI, en la cual, refiriéndose a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, los dos papas -bajo forma de pregunta retórica- afirman que “esta forma de devoción [es] el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia”, o, dicho con otras palabras, esta devoción es  “la quintaesencia del cristianismo”, según una célebre expresión del cardenal Luis Pie.



Siendo así, la respuesta a nuestra pregunta se hace, si cabe, más necesaria.

Es de dominio común que el sentido de las cosas, de todas las cosas, viene dado por su finalidad. El fin, entendido como finalidad, aquello que se quiere conseguir, es lo que justifica y da sentido a nuestros actos. Decimos que nuestras acciones son sensatas, o que están dotadas de racionalidad, cuando el fin está bien definido y los medios se ajustan a él; por el contrario, cuando no hay un para qué, o cuando los medios no se adecuan al fin que se pretende, entonces estamos ante el absurdo.

Conviene, por tanto, que nos preguntemos por el fin. ¿Cuál es el fin de esta devoción a la Divina Misericordia? Los mensajes dados por el Señor a Santa Faustina son de tal peso que si el fin no se hubiera dicho abiertamente y hubiéramos de concluirlo a base de investigación y estudio, el trabajo, por arduo que fuera, merecería la pena. Pero resulta que no hay nada que investigar. Está dicho. Le fue revelado de manera explícita e inequívoca a Santa Faustina, tanto por parte del Señor como por la Virgen María, según dice ella en sus escritos. Según podemos leer en el Diario, el fin de esta devoción es preparar al mundo para la Parusía. Ahí es nada.

El fin de la devoción a la Divina Misericordia es preparar al mundo para la segunda -y última- venida de Jesucristo a la tierra.

Como digo, para afirmar esto no hay nada que rebuscar, ni hacer cábalas, ni darle al magín para hilvanar alguna interpretación verosímil. Nada de eso, basta con saber leer. He aquí cuatro puntos del Diario de Santa Faustina. En los dos primeros quien le habla es la Santísima Virgen, en los dos siguientes, el propio Jesucristo:



Punto nº 625: “Por la noche, mientras rezaba, la Virgen me dijo: Su vida debe ser similar a la mía, silenciosa y escondida; deben unirse continuamente a Dios, rogar por la humanidad y preparar al mundo para la segunda venida de Dios”.

Punto nº 635: “El día 25 de marzo (...) vi a la Santísima Virgen que me dijo: Oh, cuán agradable es para Dios el alma que sigue fielmente la inspiración de su gracia. Yo di al mundo el Salvador y tú debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh, qué terrible es ese día. Establecido está ya, es el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante ese día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo responderás por un gran número de almas. No tengas miedo de nada, permanece fiel hasta el fin, yo te acompaño con mis sentimientos”.

Punto nº 429: “Una vez, cuando en lugar de la oración interior comencé a leer un libro espiritual, oí en el alma estas palabras, explícitas y fuertes: Prepararás al mundo para Mi última venida. Estas palabras me conmovieron profundamente y aunque fingía como si no las hubiera oído, no obstante las comprendí bien y no tenía ninguna duda al respecto”.

Punto nº 1732: “Mientras rezaba por Polonia, oí estas palabras: He amado a Polonia de modo especial y si obedece Mi voluntad, la enalteceré en poder y en santidad. De ella saldrá una chispa que preparará el mundo para Mi última venida”.

A propósito de estas últimas palabras, se ha especulado mucho qué o quién pueda ser esa “chispa”; muchos han entendido que se podría aplicar al papa San Juan Pablo II, el gran apóstol de esta devoción, junto a Santa Faustina. Podría ser, pero la verdad es que no lo sabemos.

Aparte de esto, como la cosa tiene su miga y se precisa más tiempo y espacio para tratar una cuestión de tanta enjundia como esta, vamos a cerrar esta publicación, con el ánimo y el propósito de continuar nuestra reflexión en una nueva entrega.







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