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El sentido del aprendizaje
Hacer este mundo un poco mejor y más esperanzado.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Es posible distinguir entre la capacidad humana de aprender, y el ejercicio de tal actividad.

Cuando observo una colmena, mi capacidad para aprender puede llevarme a una conclusión nueva, a un aprendizaje, sobre el modo de trabajar de las obreras en la entrada o sobre el sistema de vuelo de las abejas destinadas a la vigilancia.

¿Qué sentido tiene cada nuevo aprendizaje? ¿Qué gana el ser humano con adquirir nuevos conocimientos, habilidades, competencias?

Cada uno puede descifrar el sentido de aquello que aprende. Algunos contenidos sirven para la vida práctica. Otros mejoran nuestras relaciones. Otros simplemente satisfacen esa insaciable curiosidad humana.

Lo importante es descubrir cómo nuestros aprendizajes forman parte del bagaje personal que nos acompaña continuamente, según sea mayor o menor la persistencia en la memoria.



Gracias a una nueva destreza electrónica puedo trabajar mejor en casa o en la oficina. Gracias a la información sobre una terapia segura puedo aconsejar a un amigo que sufre por una enfermedad crónica.

Ese bagaje personal incluye también lo que se refiere al sentido más profundo y rico de la existencia humana. No somos solamente seres biológicos con necesidades y funciones complejas. Somos también seres espirituales que necesitan descubrir un significado para la propia existencia.

Por eso, entre los saberes que buscamos, la filosofía cuenta con un lugar único, pues permite entender mejor lo que significa vivir, en una historia humana que no puede ser explicada solamente como una cadena de acontecimientos casuales o determinados.

También la apertura al encuentro con Dios, y un Dios que pueda convertirse en interlocutor del hombre, tiene un valor particular. Por eso, cuando un ser humano acoge a Cristo como enviado del Padre y Salvador del mundo incorpora en su mente y en su corazón un aprendizaje sumamente valioso.

A lo largo de las distintas experiencias, las espontáneas (observar los gestos de un pasajero en el tren) y las escogidas (cuando abro una página de Internet para buscar buenas explicaciones sobre la epidemia que nos inquieta), acogemos nuevos saberes que se incorporan a nuestros modos de pensar, sentir, querer.



Desde esos saberes hemos sido enriquecidos un poco (o un mucho), y podemos aportar, a quienes están en relación con nosotros, ese tesoro de la verdad que ilumina las mentes y guía los corazones a acciones que pueden hacer este mundo un poco mejor y más esperanzado.







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