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V Domingo de Tiempo de Cuaresma. Comentario a la Liturgia
Dejemos que Jesús hoy nos devuelva nuestra condición de pueblo santo.


Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net



Nos encontramos en el último domingo antes de que inicie el periodo de gracia de la Semana Santa. Son los últimos momentos en los que la Iglesia suscita en nosotros, a través de la proclamación de la Palabra, un deseo de conversión.

El tema que unifica la liturgia de este domingo es la muerte y la vida. El relato del regreso a la vida de Lázaro, amigo del Señor, que había muerto, nos permite encuadrar la reflexión en la muerte y vida desde la perspectiva del concepto de santidad en el AT.

En el AT vemos varios textos que nos hablan de que Dios es Santo y que el pueblo es santo como su Dios. Como sabemos, el concepto de santidad tiene un matiz distinto al que conocemos nosotros. El Santo es el puro, el divino, la vida, que por su grandeza y majestuosidad debe separarse de lo profano y lo impuro. Para que Dios, que es Santo, pudiera morar en medio del pueblo, éste se debía de purificar. Lo impuro era aquello que denotaba una corrupción o una muerte. Por lo tanto, todo lo que fuera derramamiento de sangre, estado corrupto de la piel, o incluso el contacto directo con la muerte, es decir, los cadáveres, era considerado impuro.

En la primera lectura vemos como Ezequiel habla de un pueblo que, en el exilio, ha sido manchado con la impureza. Al haber roto la alianza, al haber caído en idolatría, pecaron y quedaron impuros. Han pasado de ser un pueblo santo en donde moraba el Santo a un pueblo que es propiedad de otros señores, es decir, los babilonios. Sin darse cuenta, ellos mismos entraron en un sepulcro donde solo les esperaba la muerte. Ahí se contaminaron, quedaron impuros y su destino parecía no tener solución.

Pero no es así, el profeta lanza un oráculo de esperanza para este pueblo muerto a causa de su falta. «Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel… les infundiré mi espíritu y vivirán» Ez 37, 12-14. Dios mismo va a abrir ese sepulcro, el Santo va a entrar en contacto con lo impuro porque necesita sacar a su pueblo de esa situación de muerte. Les promete que les va a infundir su espíritu para que tengan la misma vida del Santo.



Eso lo vemos en Jesús. Él que es el Santo de Israel, que es Dios, se ha abajado. Y a través de su ministerio, en lugar de separarse y alejarse de lo impuro entró en contacto con la impureza. Con la hemorroísa, con los leprosos y en el Evangelio de hoy con un muerto, su amigo Lázaro. Ante la expectativa de todos los presentes, sabiendo que Lázaro había muerto hacía ya cuatro días, Jesús anuncia su resurrección; su regreso a la vida.

Jesús se coloca frente al sepulcro, frente a la impureza y la enfrenta. Grita con voz potente: «¡Lázaro, sal de ahí!». Y su dominio sobre la muerte se manifiesta, Lázaro, el muerto, sale del sepulcro. Y su estado ya no era de corrupción, de impureza o de muerte, sino que de vida.

Así hoy Jesús se coloca a la puerta de nuestro sepulcro. Nuestra vida marcada por la impureza, por la corrupción, por la muerte, tiene una esperanza. Nuestros sepulcros no están cerrados, alguien ha mandado apartar la loza de nuestro sepulcro y alguien, con la fuerza de su Palabra nos ha gritado: «Sal de ahí, sal de tu muerte, sal de tu impureza, yo te quiero hacer de nuevo, te quiero purificar, regresar a la vida, sacar del sepulcro».

Dejemos que Jesús hoy nos devuelva nuestra condición de pueblo santo. Que nos saque de nuestros sepulcros, que nos haga resucitar y que nos de una vida nueva, su misma vida; su mismo Espíritu.

Terminemos con una oración: «Dios Santo, mira nuestra fragilidad, mira nuestra debilidad, impureza y muerte y ven a darnos la vida. Saca nuestros cuerpos del sepulcro y libéralos de las ataduras de la muerte. Solo tú tienes el poder de hacernos un pueblo santo para que mores en medio de nosotros siempre. Amén»









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