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IV Domingo Tiempo de Cuaresma Ciclo A. Comentario a la Liturgia
Jesús nos invita a reconocer nuestras cegueras tanto físicas, psicológicas y espirituales y dejar que él nos conduzca al reino de la luz


Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net



Seguimos en este tiempo cuaresmal momento de gracia especial de conversión. Jesús nos invita a reconocer nuestras cegueras tanto físicas, psicológicas y espirituales y dejar que él nos conduzca al reino de la luz. Una luz que viene de él y que solo él nos puede dar.

El texto del Evangelio de este domingo es tomado de Juan. Como sabemos el Evangelio de Juan puede estructurarse en dos partes. La primera el libro de los signos y la segunda la hora. En el libro de los signos se nos muestran varios signos de Jesús y después de ellos un discurso. Algunos de estos signos y discursos están enmarcados en fiestas judías. Este texto se encuentra en el contexto de la fiesta de Sukkot o fiesta de las tiendas o tabernáculos.

En esta fiesta en tiempos de Jesús se hacían, entre otras cosas, dos ritos. El primero era que por la noche se encendían tres candelabros del patio de las mujeres en el Templo y desde ahí tomaban todos la luz para alumbrar la oscuridad de la noche para toda la ciudad. Solo había una luz y esa luz venía del Templo. Además, se hacía un rito de libación de agua en el altar de bronce. Esta agua se tomaba de la piscina de Siloé y se llevaba al Templo. Era símbolo de la providencia de Dios que iba a conceder agua para que los árboles dieran fruto.

El evangelista Juan coloca en este contexto un signo y un discurso. Los dos elementos están íntimamente ligados. El signo es la curación de un ciego de nacimiento y el discurso es aquel en el cual Jesús se presenta como luz del mundo. Jesús es el nuevo Templo del cual brota toda la luz que iluminará a la ciudad de Jerusalén y a través de ella a todas las naciones. Pero esa luz no todos la verán. Habrá algunas personas que ven y quedarán ciegos y otros que son ciegos que verán.

El relato nos presenta a un ciego de nacimiento que no puede ver y a unos fariseos que si pueden ver. Sin embargo, el primero se encuentra con Jesús quien pone lodo en sus ojos y le pide que se vaya a lavar a la piscina de Siloé, agua que representa la providencia divina según el contexto de la fiesta. El ciego obedece y se le abren los ojos. A partir de ese momento no solo se le da la posibilidad de ver físicamente, sino que también de ver con la fe. Ya no solo ve, sino que también cree lo contrario de los fariseos quienes ven, pero no con los ojos de la fe y por tanto son ciegos.



Este domingo Jesús nos invita a acercamos a él que es la luz para recibir de sus manos el don de la vista espiritual. Pero esa luz no solo llega a nuestra inteligencia para comprender los misterios de Dios y por lo tanto adherirnos a ellos como lo hace el ciego de nacimiento. Sino que esa luz nos transforma en luz. Como nos dice San Pablo en la carta a los efesios: «En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor Jesús, son luz».

Dios nos ha invitado a formar parte de su Reino de luz. Nos ha manifestado la belleza de su luminosidad y esa luz ha hecho que todo quedara claro, que todo fuera iluminado por esa luz y que todo quedara convertido en luz. Nosotros estamos llamados a pasar de la ceguera a la vista, de la oscuridad a la luz y por tanto vivir, como dice San Pablo, como hijos de la luz.

Pidamos este don al Señor: «Jesucristo, luz del mundo, abre nuestros ojos. Pero no solo nos des una vista física, ni tampoco solo de la mente, sino que sobre todo abre ilumina nuestro corazón. Tu luz, al llenarnos por dentro, elimina toda oscuridad haciéndose luz en nosotros. Así podremos ser hijos de la luz para esta humanidad que vive en tinieblas y sombra de muerte. Amén.»







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