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Heridos por la vida
Esperamos encontrar el apoyo y comprensión de buenos samaritanos


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Antes del combate, las compañías avanzan. Unos, despreocupados. Otros, con temor y angustia. Otros, deseosos de gloria.

Empieza la batalla. La columna de heridos crece y crece, mientras queda atrás el ruido de las armas.

En esa columna de heridos caminan juntos los valientes y los cobardes, los ilusionados y los aburridos, los que buscaban botín y los que creían en la bondad de su causa.

Ahora les acomunan sus heridas. Unas más graves: son los transportados en camillas. Otras más leves: pueden caminar con dificultad, quizá apoyados sobre un compañero.

Las escenas no son tan dramáticas en el combate de la vida. No hay columnas (menos para entrar en el tren o en las oficinas de diverso tipo). Pero sí hay diversas actitudes.



Unos recorren su experiencia humana entre ilusiones, proyectos, entusiasmos, alegrías. Otros están apesadumbrados por temores, angustias, dificultades de diverso tipo.

Luego, a unos y otros les llega una enfermedad, un accidente, una calumnia. O cometen un pecado que se convierte en un peso insoportable en la conciencia.

Hay muchos heridos por la vida. En camillas, o con muletas, o apoyados en otros, su camino ha dado un vuelco inesperado.

Un cambio brusco ha sembrado de oscuridad los horizontes, ha provocado penas más o menos graves, ha disminuido las posibilidades ante el mañana.

Llega el momento de curar heridas, de sanar corazones, de superar rencores, de perdonar o de pedir perdón.



El soldado que camina, pesadamente, en la columna de heridos, espera llegar pronto a un hospital de campaña donde encuentre agua, una cama, un médico, unas medicinas.

El ser humano que siente el peso de un fracaso o de una derrota espiritual también espera un lugar, quizá no físico, donde recibir atenciones y ayudas para una sanación del alma.

Ante tantos heridos por la vida, en sus cuerpos o en sus corazones, esperamos encontrar el apoyo y comprensión de buenos samaritanos que acudan, incluso a riesgo de su salud, para socorrer a los necesitados.

Y, sobre todo, esperamos la ayuda de un Dios que ofrece respuestas últimas a los grandes males de la historia, que recibe las lágrimas de los inocentes, que perdona a los pecadores arrepentidos, y que ha vencido el mal y la muerte en el Calvario...







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