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El mensaje cristiano sobre la vida
La plenitud del Evangelio de la vida queda plasmada en el árbol de la cruz.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



El capítulo segundo de la encíclica “Evangelium vitae” hace una síntesis de las enseñanzas del cristianismo sobre el tema del respeto a la vida que merece todo ser humano.

De modo parecido a como ocurre en los otros capítulos del documento, Juan Pablo II teje sus reflexiones con la mirada puesta en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de modo que algunos momentos el texto se nos presenta como una meditación en voz alta.

El Papa cita el Éxodo, los Salmos, la Sabiduría, diversos pasajes de los profetas, y numerosas citas de los Evangelios y escritos apostólicos. A través de la Escritura se desvela el cariño de Dios hacia los seres humanos, especialmente los más frágiles. Se descubre, además, la invitación a respetar la vida, y queda expuesto el precepto fundamental del amor.

Entre las numerosas ideas elaboradas en esta parte, podemos fijarnos en algunas. Juan Pablo II identifica un proyecto de vida querido por Dios desde el inicio (la creación) y dañado tras el pecado. Tal proyecto queda plenificado con la llegada de Cristo, gracias a la cual tenemos vida plena y liberación auténtica de las cadenas del pecado (n. 36).

Dios, dueño de la vida, pide a los hombres que se amen y que se conviertan en protectores de las existencias de los demás, precisamente porque cada vida tiene algo de sagrado al proceder de Dios y al tener una destinación eterna (nn. 39-41).



Además, el hombre, al ser imagen de Dios, participa en cierto modo del señorío divino sobre la vida, especialmente de la vida humana (n. 43). Por ello resulta posible descubrir, en cada nueva concepción, un don particular de Dios, que “teje” y acompaña ya desde el seno materno a cada uno de sus hijos (nn. 44-45).

Sobre dos momentos clave de la historia personal de cada ser humano, la vejez y la enfermedad, también la Escritura ofrece numerosas enseñanzas, en especial con las acciones de Cristo que llevan a la curación de enfermos, lo cual muestra su pleno poder sobre la vida y la muerte (nn. 32-33, 46-47).

La plenitud del Evangelio de la vida queda plasmada en el árbol de la cruz. El momento más dramático de la existencia de Cristo ilumina en parte la situación en la que vivimos. La oscuridad que envuelve el Calvario refleja la lucha entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte, aunque, recuerda el Papa en seguida, “esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana” (n. 50).

El capítulo segundo se cierra con una hermosa oración dirigida al Señor de la vida: “concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a 'no matar' la vida del hombre, sino también a venerarla, amarla y promoverla” (n. 51).









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