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Sigue, comparte, inscríbete...
Internet y toda la galaxia digital está inundada de mensajes.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



En diversas páginas de Internet, al final de un buen vídeo o de un texto interesante, aparecen textos o audios con un mensaje repetitivo: "síguenos, comparte, inscríbete, hazte socio", y parecidos.

Mensajes así muestran un deseo de difusión: un canal, una página, tiene más vida si hay más seguidores, más fans, más amigos, más suscriptores, más "likes".

Pero puede mostrar, también, el miedo a quedarse aislados, a no crecer, a sucumbir ante la marea incontenible de millones de páginas del mundo digital que surgen con una velocidad casi inimaginable.

Otras páginas, en cambio, ofrecen sus contenidos y luego no invitan a nada. Quizá los que producen los contenidos de esas páginas no están preocupados en exceso por "crecer" y difundirse. Les basta con llegar a quienes lleguen...

Desde luego, cualquier diseñador de contenidos, desde un blog personal hasta una página mucho más compleja e interactiva, desea difundirse y contar con un número creciente de lectores o visitantes.



Sin embargo, el mejor modo para lograrlo no es martillear a las personas con mensajes continuos para que compartan un enlace, sino simplemente producir contenidos que valgan la pena, que ayuden a pensar, que promuevan el bien.

En un mundo preocupado por crecer ante los demás, la sencillez de quien ofrece algo y luego lo deja a la discreción y buen juicio de otros puede tener más atractivo que la insistencia, a veces un poco pesada, con la que se pide continuamente a la gente que difunda un mensaje.

Internet y toda la galaxia digital está inundada de mensajes. Algunos, incluso, llenos de odios y de bajeza moral. Otros, esperamos que no pocos, llenos de belleza, de apertura al bien, la verdad, la justicia.

En ese mundo digital, como recordaba el Papa Benedicto XVI, también hace falta un espacio a un rostro y a un nombre, Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, que merece difundirse, con suavidad, como la que caracterizó sus poco más de 30 años en esta tierra.

Ese rostro, ese mensaje, sigue vivo también hoy. Y vale la pena conservarlo en el corazón y difundirlo, no con invitaciones insistentes, sino desde la alegría de dejarnos salvar por Él y de empezar a existir en Su Amor. Lo cual, hay que recordarlo, es contagioso y lleva, naturalmente, a compartirlo...









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