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"La boda está preparada. Conviden al banquete a todos los que encuentren"
Meditación al Evangelio 22 de agosto de 2019 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Hay historias en la Biblia que nos conmueven profundamente, otras que nos dejan muchas inquietudes y nos estremecen entre dudas y desconciertos. Hoy en la primera lectura encontramos una de esas historias difíciles de entender. Si no la conoces te invito a que la leas con detenimiento.

Es la promesa que hace Jefté, sacrificar a la primera persona que salga a recibirlo, si el Señor le concede la victoria sobre sus enemigos. Desafortunadamente su hija es quien lo recibe y Jefté cumple su promesa. Ya antes nos habíamos encontrado con el drama de Abraham que iba a sacrificar a su hijo. ¿Realmente el Señor quiere el sacrificio humano? No sabemos la historicidad de este acontecimiento, pero sí sabemos que el Señor quiere fidelidad a las promesas.

Pronto los profetas descubren en qué consiste la verdadera fidelidad: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Nos hablan fuertemente los profetas de lo que el Señor espera de nosotros y cuál es el verdadero sacrificio que le podemos ofrecer: practicar la justicia, amar al prójimo y no desviarse ni a derecha ni a izquierda. Para el pueblo de Israel fue difícil entender qué era lo más importante. Parece que nos pasa lo mismo a nosotros.

Fácilmente ofrecemos una veladora, hacemos algún sacrificio, o tratamos de cumplir algunas promesas; pero con frecuencia olvidamos lo más importante: nuestro verdadero amor a Dios manifestado en el amor al prójimo. Las promesas y los juramentos tienen su sentido si brotan del amor y van unidos al amor. Hay quien jura no embriagarse durante unos meses, pero después se entrega al vicio como si no fuera un pecado. Hay quien se priva momentáneamente de algún bien, pero sigue cometiendo injusticias. Hay quien se viste de tal o cual santo, pero no se preocupa de “vestirse del Señor”.  Hoy busquemos sentir el amor de Dios y vivir en ese amor de Dios.

Nuestras promesas y propósitos tendrán su seguridad en que Dios está con nosotros y que nosotros vivimos en su presencia. La parábola que nos presenta el pasaje de San Mateo parecería que llevara una contradicción al condenar al hombre que se presenta al banquete sin el vestido de fiesta, pero no olvidemos cuál es el vestido que nos pide el Señor y cómo seremos agradables a su presencia.





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