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Tengo ganas, luego tengo derecho...
Educadores Católicos /Educación y Sexualidad

Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.net

Me gusta, me agrada, me emociona, me hace sentir "bien", me estimula los sentidos... luego, es mi derecho.
 
Se tiene derecho a escoger y preferir lo que nos gusta (tenemos la facultad de sentir y apreciar lo bello y lo feo), se tiene derecho a buscar lo que nos agrada, tenemos derecho a emocionarnos, tenemos derecho a incitar y excitar a la ejecución de algo.

Hoy la juventud afirma ser libre, y lo es. Afirma tener derechos, y los tiene. Pero antes que el derecho y la libertad está el amor, la responsabilidad (habilidad de responder), la dignidad y el respeto a Dios, así mismo y hacia los demás. Cabe aclarar que: "Todo se puede, pero no todo se debe".

Por lo tanto, no por el hecho de tener "ganas", de "desear" o "gustar" algo siempre será un derecho. Porque eso sería dejarse conducir solo por el instinto (estímulo o impulso natural de los animales, que precede a la razón) y a la inteligencia (facultad de entender o conocer y comprender).

Se pueden tener ganas, desear o gustar la droga, pero la drogadicción no es ni será nunca un derecho. Se pueden tener ganas, desear o gustar el alcohol, pero el alcoholismo no es ni será nunca un derecho. Gustará y será muy atractiva y muy emocionante la pornografía, la prostitución, la infidelidad, la adrenalina por lo prohibido, el amor "libre" y el "sexo seguro", pero no es ni será nunca un derecho. Porque nadie tiene derecho a dañarse a sí mismo psicológica, espiritual, física y familiarmente, mucho menos a provocar el mal ni a destruir a los demás, ¡nadie tiene derecho a lo negativo! Ninguno bajo la apariencia de una falsa libertad deberá destruirse ni destruir.

Nadie tiene derecho a ser mentiroso, a ser ladrón y deshonesto, nadie tiene derecho a lo ilícito o ha obtener ilegítima, injusta e ilegalmente los medios para su bienestar, nadie tiene derecho al libertinaje, al desenfreno. Pero sí tiene derecho a la verdad, a la honradez, a la verdad, al amor, al respeto y tiene el deber de guiar su vida en la responsabilidad y la madurez.

Se dice: "Yo soy libre de hacer lo que quiera" es cierto, pero no todo conviene. Sí, yo soy libre de hacer lo que quiera, pero no debo dejar que nada me domine" (1 Cor. 6,12).

Hoy se buscan tendencias y preferencias irracionales, se buscan derechos, pero sin deberes. Hoy se busca a las personas para usarlas y satisfacerse de ellas. La verdadera libertad no son derechos sin límite. La libertad y los derechos tienen y tendrán siempre un límite. Entre derechos y deberes siempre deberá existir una justa igualdad y moderación.

Para evitar o corregir la falta de claridad, la turbación de ánimo, la mezcolanza, el desorden y la equivocación de nuestros hijos y la mala intención de gente (de todas las edades) sin escrúpulos que llevan a los niños, adolescentes y jóvenes al libertinaje, a perder el rumbo y a no tener una orientación correcta de la vida, es necesario prepararnos para ser no solo unos padres más sino los mejores padres.

Hoy más que nunca se necesita tener una idea clara del bien y del mal. Lo superficial (aparente, ligero) nos lleva a no reflexionar. El mal conduce al sufrimiento y la desgracia. Lo bueno (o el bien) es todo lo que produce paz y felicidad. "Es cierto que hay que educar la libertad y la responsabilidad, pero primero hay que enseñar a la juventud a ser libre y responsable" (Tomás Morales - Sínodo 87).

Lo deseo, tengo ganas, luego tengo derecho...

"La percepción y la comprensión de lo que es un derecho en la mentalidad actual, corresponde a menudo a la dinámica del apetito impulsivo: tengo hambre, como el apetito expresa aquí más que un deseo: una necesidad, y por lo tanto un "tener que". Pero es fácil resbalar en la reivindicación de derechos, entre el deseo, la necesidad y el derecho. La sociedad de consumo estimula con agresividad la satisfacción de todos los deseos, y presenta todos los bienes de consumo como indispensables para la felicidad" (Jean Desclos, "Una moral para la vida").

Ahora la "modernidad" y el libertinaje, nos ha llevado a que el noviazgo, para ambos, sea sinónimo de relaciones sexuales, que las relaciones sexuales sean parte de...

Hoy afirman los y las jóvenes: Y si encuentro a una amiga o amigo que me gusta ¿por qué no he de tener relaciones sexuales, si ambos estamos de acuerdo? Ambos lo queremos, ambos lo deseamos y ambos tenemos ganas. Esta mentalidad atrae a muchos jóvenes y a muchos adultos de ambos sexos.

Las y los jóvenes afirman: Que tienen libertad de amar y de estimar, de hacer lo que les guste y en el momento que les guste y en la forma que les guste. Y preguntan: ¿quién tiene el derecho a privarles de esa libertad y esa capacidad de decisión?

Los y las jóvenes de hoy en día no entienden una vida con limitaciones y restricciones. ¿Por qué tendrán ese concepto? ¿Dónde se originaría esa falsa idea de la libertad? ¿La verdadera libertad solo serán derechos sin ningún deber? ¿La verdadera libertad será vivir sin limitaciones ni restricciones de ningún orden? ¿Por qué la juventud solo piensa y se preocupa de sus propias satisfacciones y necesidades sin pensar en el bien y la felicidad de los demás? ¿Dar libertad ilimitada y derechos sin límite será verdadero amor de los papás hacia sus hijos?

Tener ganas de hacer algo puede convertirse en una necesidad y cuando no se tiene un concepto claro del bien y del mal, todo se vuelve relativismo y sincretismo y todo esto se defiende apasionadamente como un derecho.

Los papás tenemos el deber de aclarar que no todo lo que se acostumbra está bien, ni tampoco es un derecho. Ahora la moda es "todo mundo lo hace; ¡hazlo tú también!", La moral personal (la verdadera moral) no puede estar sujeta a la moda o a las costumbres del momento.

Hoy a los jóvenes se les ha inculcado el libertinaje bajo una falsa apariencia de humanismo. Además, todo esto es la exaltación del "Yo" y la manifestación del peor egoísmo. Pero el verdadero humanismo no es hacer lo que venga en gana sino tener la capacidad de hacer lo que más conviene para un beneficio mutuo. El verdadero humanismo debe tener la finalidad de hacer el bien común y de no solo pensar en uno sino sobre todo en los demás.

La modernidad afirma que, la "realización" del ser humano consiste en vivir según los impulsos, cualesquiera que estos sean. Vivir los impulsos y tendencias sin distinción, la "libertad" para muchos jóvenes y personas mayores, de ambos sexos, no es vivir razonablemente sino vivir sin limitaciones. Desde el punto de vista real y práctico esta mentalidad solo lleva al desenfreno completo y al desquiciamiento moral, familiar y social. Y esto lo podemos afirmar o desmentir en base a nuestras propias vivencias familiares.

Dentro del relativismo los valores y opciones fundamentales son equivalentes en tanto la persona sea respetada y capaz de "hacer" su propia escala de valores y cada uno de esos "valores" le dé el valor a lo que quiere.

Ante todo esto se desconoce toda regla, todo valor y todo principio familiar, social y religioso.

En el subjetivismo solo importa el propio punto de vista y la persona solo valora por su propio juicio, solo se responde así mismo y sólo es responsable y entrega cuentas así mismo desconociendo todo valor universal.

El relativismo y el subjetivismo no es más que autosuficiencia, del no querer depender de nada ni de nadie para no sentirse inferior, esto es soberbia y el egoísmo que no es más que una viciosa condición personal por un inmoderado y excesivo amor por uno mismo.

La verdadera libertad es no volvernos esclavos de nuestro propio instinto y pasiones sino de buscar la verdadera felicidad que depende de lo que demos a los demás, de cómo amemos y sirvamos a los demás, esa es la felicidad que no solo es momentánea y fugaz sino para siempre. Nuestra felicidad está a nuestro alcance dentro de las normas morales.

Nosotros como padres tenemos el deber de ser los primeros en diferenciar el bien del mal, de orientar, guiar y educar a nuestros hijos sobre las bondades del bien y las desgracias y consecuencias del mal.

El que cada uno pretenda hacer sus normas y leyes personales, preocupándose solo de sus derechos y olvidándose de sus deberes hacia él mismo y hacia los demás dando solo importancia a lo que él quiere, lo llevará a él y a los demás a un caos total.

El solo hecho de seguir o hacer lo que "creemos" que es correcto, según nuestro criterio nos conduce al desorden. Y el desorden es desviar la ley por desconocimiento.

Los papás llevemos a nuestros hijos al camino del bien y los jóvenes busquen siempre el bien que es el camino de la verdadera felicidad.

Cuando falta en la familia: la guía, el apoyo, la orientación y la formación, no se tiene una clara diferencia entre lo bueno y lo malo, se llega a pensar que todo lo que se hace es correcto.

"La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos".

"El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre "sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales" (cdf. Inst. "Libertatis Conscientia" 13) (Catecismo de la Iglesia Católica 1740 - 2108).

El amor es lo más hermoso de la vida, la libertad es lo más precioso del ser humano, el agua es vital para la vida, pero cuando el amor, la libertad y el agua se desbordan (se salen de sus cauces) entonces, vienen el desastre y la destrucción. La libertad no es que cada uno ponga sus reglas según sus conveniencias.

"La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad" (Catecismo de la Iglesia Católica 1739 - 401). "Se dice: Uno es libre de hacer lo que quiera. Eso es cierto, pero no todo conviene. Sí, uno es libre de hacer lo que quiera, pero no todo ayuda al crecimiento espiritual. No hay que buscar el bien de uno mismo, sino el bien de los demás" (1 Cor. 10, 23 - 24). Los padres tenemos el deber de proteger a todos nuestros hijos, pero no de sobreprotegerlos, hay que enseñarlos a ser responsables de sus propios actos. Porque de lo contrario haremos seres irresponsables con ellos mismos y con los demás.

Bibliografía:

  • Superación personal en familia. Rafael Gómez Pérez S.J.
  • Amor, sí… amoríos, no. Colección Vaticano II